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Filosofía y Religión

¿Por qué la religión te impone contraer matrimonio con una mujer?

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Si eres hombre, probablemente tu religión te prescribe contraer matrimonio con una mujer. Y si eres mujer, lo mismo pero con un hombre. ¿Por qué la religión está tan preocupada por nuestra intimidad genital? ¿Por qué considera bueno que nos casemos? Y lo más importante: ¿por qué necesita que sea con una persona del sexo contrario?

Argumentos para apoyar estas preguntas hay muchos, pero en general todos tropiezan en las mismas piedras: tradición, naturaleza, normalidad… y evitar que la humanidad se extinga por falta de hijos. Sin embargo, hay razones subyacentes más poderosas. En realidad, las verdaderas razones.

Endogamia mental

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Vivimos en un mundo con más de siete mil millones de habitantes, y la cifra no deja de crecer. Así pues, el argumento de que debemos contraer matrimonio con otro sexo y practicar el coito con fines reproductivos es, cuando menos, debil. La verdadera razón de esta prescripción no es tanto el miedo a que la humanidad se extinga como el que la idea que sustenta la religión lo haga.

Las religiones requieren de cerebros para prosperar y propagarse a otros cerebros. Cuantos más cerebros religiosos haya, más difícil será que la religión se extinga. Por eso, para la religión, lo importante es que los religiosos se reproduzcan para… crear más religiosos.

Tal y como explica el doctor en biología de Harvard Robert Trivers en su libro La insensatez de los necios:

Las religiones suelen imponer sistemas de apareamiento, los cuales terminan por afectar el grado de parentesco en el seno del grupo religioso y el que existe entre el grupo y otros grupos externos. Por lo general, suelen pedir a los fieles (o les exigen) que se casen con individuos de la misma religión o secta: católicos con católicos, protestantes con protestantes, chiítas con chiítas, judíos con judíos.

El peligro de regular el sexo

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Este tipo de endogamia, pues, no es tanto genética como cultural, aunque tampoco hay que olvidar la parte biológica. Las religiones, a su vez, imponen prohibiciones para que pertenecer a ellas suponga un esfuerzo y, por extensión, una forma de matenerse en el tiempo.

Pero, a la vez, imponer prohibiciones políticas en sociedades modernas resulta peliagudo, tal y como señala Alan Sokal en su libro Más allá de las imposturas intelectuales:

la religión, en Occidente, ha abandonado casi todas sus pretensiones de influir políticamente, excepto en asuntos de moralidad sexual y de educación (en zonas de Estados Unidos donde los integristas tienen fuerza). Por tanto, los no creyentes han establecido un “modus vivendi” con la religión organizada: si ella se mantiene (más o menos) al margen de la política, ellos se contendrán de cuestionar públicamente la teología y de atacar los restos de sus privilegios temporales (las subvenciones estatales, en Europa, y las exenciones de impuestos y de normas, en Estados Unidos). ¿Para qué molestarse en criticar unas ideas tan inofensivas?

Progresivamente, sin embargo, el sexo se está convirtiendo en un tema importante, en parte también político. ¿Por qué no pueden haber matrimonios homosexuales? ¿Por qué el sexo debe tener fines reproductivos? ¿Cuál es el papel de la mujer en todo ello? Etcétera. Ante lo cual, condenar la sodomía porque considerarse antinatural (cuando también es antinatural usar la nariz para sujetar las gafas), empieza también a afectar negativamente a muchos credos religiosos. ¿Deberán, también, dar un paso atrás y dejar de meterse en nuestra intimidad conyugal o incluso entre nuestras sabanas?

¿Qué opináis vosotros? Por supuesto, también tenéis derecho a enumerar esos epítetos tan majos, para escribirlos en los comentarios, que suelen aparecer cuando se abordan temas religiosos. Ignorante, mamón, provocador, incluso enfant terrible. Lo que queráis, lo que necesitéis para llevar a cabo vuestra catarsis. Pero antes de pedir mi dimisión, espero que hayáis leído el texto completo, además de sus enlaces, y que, al menos, os apetezca argumentar la invectiva. Después de todo, las cosas suelen ser más atinadas o menos en función de los argumentos que las sostienen. Y si, después de todo, continuáis discrepando, al menos que el viaje os llene las alforjas de curiosidades.

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