Connect with us

Opinión

#Papa Francisco = Transformación

Compartir con:

El hecho de que el nuevo Papa -el Papa Francisco-, sea el primer Pontífice latinoamericano, y que además haya escogido el nombre del conocido santo de Asís para darse a conocer -con ello imprimiendo un mensaje muy claro en torno a reconstruir la iglesia optando por la opción para los pobres-, eran ya buenas noticias cuando el catolicismo se ve inmerso en una grave crisis en varios renglones, morales y materiales.

Afortunadamente esas dos no son las únicas características del hasta hace poco cardenal Bergoglio. Porque aún siendo sorprendente y nada esperado que sea prácticamente el único líder de la iglesia no nacido en Europa (desde el Papa Gregorio III, de origen sirio, fallecido en 741), esto no era suficiente para ser completar el perfil adecuado para salvar a la iglesia de su debacle actual.

Ser latinoamericano es un avance. El eurocentrismo se presentaba como el ensimismamiento (o hasta el autismo) del trono de Pedro, la lejanía del poder de la iglesia con respecto de donde residen la mayoría de sus fieles hoy en día, que es en el continente americano.

Tampoco bastaba sólo declarar a los pobres como prioridad, ni ser jesuita. Revelar un camino apostólico diciendo que debemos acordarnos de los pobres, es una gran intención, algo notoriamente distinto y definitivamente encomiable. Nadie esperaba que el número uno del catolicismo actuara de forma tan radicalmente distinta a lo que estamos acostumbrados.

Ser jesuita, con todo lo que esto implica en la historia de la iglesia, también era algo bastante positivo, con todo y que Bergoglio no ha pertenecido al ala más liberal dentro de los jesuitas, ni mucho menos a lo que podemos entender como “ultraizquierda”, en esa corriente de pensamiento. Pero ser jesuita es de lo mejor, de lo más progresista, de lo más consciente, de lo más aguerrido, de lo más culto, instruido, y puede ser, incluso, de lo más sencillo y humilde.

Todo eso es positivo, pero había mucho más. Lo mejor de Bergoglio sin duda es una trayectoria de toda la vida. Sus actos respaldan suficientemente aquello que hoy expresan sus palabras. No es alguien que al llegar a Papa haya inventado un estilo con el cual presentarse. No es una creación para los medios, no hay aquí ningún artificio de marketing, no hay una simulación.

Al contrario, no hay nada nuevo, nada que no haya Bergoglio practicado o dicho antes ya en su vida cotidiana. Esa es la mayor grandeza del Papa Francisco. Que ha sido siempre un líder católico que actúa con congruencia.

Hemos platicado con religiosos que han tenido oportunidad de conocerlo, y relatan anécdotas realmente espectaculares sobre él. Todas estas historias describen una persona sumamente sencilla, poco protocolaria, que se presenta más allá de las incómodas y burguesas fórmulas y formas que usualmente separan y no unen a las personas. Especialmente, a las autoridades eclesiásticas y a los fieles católicos.

Por ejemplo -me dice un líder religioso a quien aprecio-, que Bergoglio, ya siendo cardenal de Buenos Aires, aún andaba en las calles vistiendo pantalón de mezclilla, visitando las casas puerta a puerta, evangelizando poco a poco, con gran entusiasmo. No se creía mucho eso de que un cardenal es un “príncipe de la Iglesia”. Para el ahora Papa, eso de ser “príncipe” no implicaba vivir en un castillo, ni rodeado de lujos y sirvientes, ni nada parecido.

Como se sabe, Bergoglio viajaba en transportes colectivos y no en limosinas con choferes. En todas estas expresiones de verdadero apego al voto de pobreza que profesan los sacerdotes católicos, el papa Francisco se distingue de acaso la mayoría de los jerarcas religiosos. Los obispos en Argentina, me comentan algunas fuentes, tuvieron que a regañadientes seguir el ejemplo de sencillez de este hijo de italianos hoy con 76 años de edad.

Cuántos obispos de todo el resto del mundo, más allá de las fronteras argentinas, y pongo especial énfasis en los obispos mexicanos, y en los cardenales mexicanos, deberían –y deberán- ahora seguir los pasos, el ejemplo de humildad del Papa Francisco. No quiero mencionar los nombres que todos conocemos de algunos cardenales que viven en la opulencia total. Qué lejos están del renovado espíritu franciscano que hoy ha vuelto a ser sembrado por el Papa argentino.

Estoy seguro que hoy estamos apenas iniciando lo que será una profunda transformación de la Iglesia en algo mucho más humilde, más cercano a las verdaderas necesidades de la gente, espirituales, morales y materiales, en algo mucho más útil, más congruente. En suma, en la verdadera puesta en práctica del Evangelio, pero también, de inmediato, de la Doctrina Social de la Iglesia, aquella que muchos han olvidado, aquella que está dotada de vital humanismo, aquella que habla de solidaridad, de subsidiariedad, del destino universal de los bienes, de la dignidad de la persona humana.

No será fácil la tarea que le espera al Papa Francisco, y deberá hacer una purga de gran calado de todo vestigio relacionado con los pederastas. Es absolutamente inaceptable que haya pederastas en ningún lado, y peor aún si los pederastas se quieren esconder bajo las sotanas católicas. Es una desvergüenza que criminales como éstos se hagan pasar por líderes religiosos y se apertrechen en su poder terrenal. Lo mismo para sus encubridores. Todos juntos no sólo deberían ser expulsados de la Iglesia, lo cual no es suficiente para nada, sino que deben ser detenidos, juzgados por las leyes nacionales y condenados.

El Papa Francisco debe mostrar “cero tolerancia” contra todo criminal pederasta que quiera refugiarse en el catolicismo. De esta “limpia” dependerá sin duda la legitimidad que tenga la iglesia bajo este nuevo pontificado. No deben quedar dudas al respecto, por el bien de todos. Las víctimas, además, deben ser atendidas y resarcidas, compensadas. Esa es una tarea urgente. No es la única. También -como sabemos-, es indispensable la transparencia financiera, relacionada con el llamado “Banco del Vaticano”, y fijar posturas claras respecto a temas de actualidad como la homosexualidad, el aborto, la eutanasia, y los anticonceptivos.

Y, además de toda esta espesa y compleja agenda, la transformación final de la iglesia debería expresarse básicamente en ver a los sacerdotes de todo el orbe cerca de la gente, ayudando, guiando, formando. Entonces, tal vez, las palabras del Papa Francisco al explicar el por qué de su nombre como pontífice, cobren una dimensión más allá de excelentes deseos: “Para mí es el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la Creación”, explicó Bergoglio. Por ahora, un voto de confianza para el Papa Francisco.

Por: Raúl Tortolero / @raultortolero1 / elarsenal.net

Compartir con:

Más leídas